BERNARDO MAGRANER - PSICOLOGO CLINICO

BERNARDO MAGRANER - PSICOLOGO

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El modelo teórico
 
 

METODOLOGÍA

El modelo teórico

Las primeros descubrimientos y las bases principales de lo que sería el método psicoanalítico fueron realizados por el médico vienés S. Freud (1856-1939) y a lo largo de los últimos 100 años sus novedosas ideas sobre el conocimiento de la mente y la sexualidad humana han tenido una gran repercusión e influencia en la cultura occidental. Así mismo, desde entonces, tanto la teoría como la técnica psicoterapéutica no han dejado de crecer y evolucionar.

Los afectos, los impulsos, mecanismos de defensa tales como la represión, la proyección y la negación, el sentir y pensar inconsciente etc. etc. son sólo alguno de los conceptos que el psicoanálisis ha desarrollado y que hacen alusión a componentes del psiquismo, que aunque ya están en germen al nacer, su evolución y destino va depender de múltiples factores, unos constitucionales y otros ambientales, (en los que también se debe incluir la vida intrauterina) y que el individuo en su andadura por el camino de la vida se va a encontrar, principalmente la familia y la cultura.

El ser humano nace en un estado absoluto de vulnerabilidad y dependencia. Es el ser vivo que más tiempo y más cuidados afectivos y materiales necesita de su entorno para poder sobrevivir, desarrollarse y alcanzar la maduración necesaria para lograr la independencia, de ahí que su encuentro con el mundo y con las diversas circunstancias que ocurran en los primeros años de la vida sean de suma importancia, pues sobre ellas va a labrarse buena parte de la personalidad del futuro adulto.

La ansiedad es una señal de alarma que surge normalmente en el psiquismo del individuo para avisarnos de los peligros reales o imaginarios, provenientes, bien del mundo exterior, bien del propio mundo interno. La ansiedad avisa, alerta y debe poner en funcionamiento los mecanismos de defensa apropiados para tramitarla y resolverla, sin embargo, el bebé humano es incapaz de hacerlo por sí mismo todavía aunque disponga inicialmente de algunos recursos como es la llamada “coraza antiestímulos” (la cual le permite por ej. aislarse del entorno y dormir casi todo el día). Es por esta razón que durante un largo período de tiempo, son los padres o cuidadores los que deben protegerle, tanto de los estímulos excesivos del exterior, como el proporcionarle los estímulos necesarios para que se sienta vivo y amado.

Forma parte, pues, de la función de los padres, la capacidad de contener y procesar las enormes cantidades de angustia y ansiedades que se generan en el bebé en esta época y devolvérselas después metabolizadas y transformadas en forma de cuidados materiales y afectivos: alimento, limpieza, caricias, abrazos, arrullos, palabras cariñosas, consuelo, canciones, silencios etc. en resumen, devolverle al bebé la calma y seguridad que tan frecuentemente pierde ayudándole a reestablecer su precario equilibrio y sus ritmos vitales.

No obstante, a lo largo de las distintas etapas de su desarrollo, es del todo natural que en el vínculo con los padres ocurran desencuentros, malos entendidos, falta de empatía, carencias puntuales etc. Todo ello produce pequeños traumatismos, heridas, que si cicatrizan bien, sirven para fortalecer sus defensas y lo preparan para la vida ayudándole a distinguir, muy poco a poco, los límites propios y los de la realidad. Todas estas vicisitudes, positivas y negativas, se van fijando, grabando en su memoria consciente e inconsciente y le irán permitiendo aprender de la experiencia.

Pero cuando los traumatismos, las heridas, son muy tempranas (lo traumático puede producirse también en el curso de la vida intrauterina por medio de la interacción química entre la madre y el feto), muy frecuentes o muy intensas, la frágil coraza antiestímulos con la que nace el bebé puede quedar atravesada y dañada o incluso arrasada. Las heridas psíquicas, entonces, ya no pueden cicatrizar bien y se produce una especie de hemorragia interna, un dolor que no cesa, que puede dejar sin energía psíquica al bebé y manifestarse como en un peligroso estado de apatía o desvitalización.

De por sí, las cantidades de ansiedad que se generan en el bebé son muy grandes y manifiestan en forma de terrores transitorios (terrores sin nombre ya que aún carece de palabras para nombrar lo que siente y le sucede) obligándole a recurrir a todos los mecanismos de defensa a su alcance para poder sobrevivir, pero si a esto, se le añaden situaciones traumáticas importantes, las defensas en vez de ser protegerle se convierten en patógenas (desconexión afectiva, negación de la realidad, introyección somática etc.). Tanto lo traumático como las defensas utilizadas quedan fijadas en la memoria inconsciente y posteriormente, el individuo tenderá a recurrir a ellas por inercia, incluso aunque ya no exista ninguna amenaza desde la realidad y sea innecesario su uso, tal como lo expresa el conocido refrán: “gato escaldado…del agua fría huye”, lo cual dificultará su desarrollo en las distintas etapas de la vida, su relación consigo mismo y con el mundo.

En síntesis, dependiendo de la intensidad, de la frecuencia y de los distintos momentos evolutivos en que se hayan producido las heridas, resultarán los distintos tipos de patologías, desde las más leves a las más graves. No obstante, a no ser que lo traumático sea de tal calibre que haga sucumbir al individuo (ej muerte súbita en el bebé, autismo, anorexia infantil, desorganización somática grave etc.) el instinto de autoconservación es muy fuerte y prevalece, y ser humano suele sobrevivir a casi todos los avatares.

Cuando las cosas han ido relativamente bien, el ser humano logra alcanzar una posición en el mundo que le hace sentir que es alguien, es el llamado “sentimiento de sí”, el sujeto se siente protagonista de su existencia y percibe que su vida tiene un sentido. Esto no quiere decir que lograda esa posición ya está todo hecho, ni mucho menos. El ser humano siempre está en conflicto consigo mismo y con la realidad desde que nace hasta que muere. El “yo” tiene que estar haciendo siempre constantes transacciones para resolver los conflictos entre sus impulsos y deseos por una parte, la realidad y sus límites por otra, y una compleja instancia a la que llamamos “superyó” o instancia paterna que se rige por imperativos categóricos y que está formada por los ideales y valores heredados de los padres, desde donde se desarrolla el respeto a la ley, el sentido del deber y la capacidad de autocrítica.

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