METODOLOGÍA
El
modelo teórico
Las primeros descubrimientos y las bases principales
de lo que sería el método psicoanalítico fueron
realizados por el médico vienés S. Freud (1856-1939)
y a lo largo de los últimos 100 años sus novedosas
ideas sobre el conocimiento de la mente y la
sexualidad humana han tenido una gran repercusión e
influencia en la cultura occidental. Así mismo,
desde entonces, tanto la teoría como la técnica
psicoterapéutica no han dejado de crecer y
evolucionar.
Los afectos, los impulsos, mecanismos de defensa
tales como la represión, la proyección y la
negación, el sentir y pensar inconsciente etc. etc.
son sólo alguno de los conceptos que el
psicoanálisis ha desarrollado y que hacen alusión a
componentes del psiquismo, que aunque ya están en
germen al nacer, su evolución y destino va depender
de múltiples factores, unos constitucionales y otros
ambientales, (en los que también se debe incluir la
vida intrauterina) y que el individuo en su andadura
por el camino de la vida se va a encontrar,
principalmente la familia y la cultura.
El ser humano nace en un estado absoluto de
vulnerabilidad y dependencia. Es el ser vivo que más
tiempo y más cuidados afectivos y materiales
necesita de su entorno para poder sobrevivir,
desarrollarse y alcanzar la maduración necesaria
para lograr la independencia, de ahí que su
encuentro con el mundo y con las diversas
circunstancias que ocurran en los primeros años de
la vida sean de suma importancia, pues sobre ellas
va a labrarse buena parte de la personalidad del
futuro adulto.
La ansiedad es una señal de alarma que surge
normalmente en el psiquismo del individuo para
avisarnos de los peligros reales o imaginarios,
provenientes, bien del mundo exterior, bien del
propio mundo interno. La ansiedad avisa, alerta y
debe poner en funcionamiento los mecanismos de
defensa apropiados para tramitarla y resolverla, sin
embargo, el bebé humano es incapaz de hacerlo por sí
mismo todavía aunque disponga inicialmente de
algunos recursos como es la llamada “coraza
antiestímulos” (la cual le permite por ej. aislarse
del entorno y dormir casi todo el día). Es por esta
razón que durante un largo período de tiempo, son
los padres o cuidadores los que deben protegerle,
tanto de los estímulos excesivos del exterior, como
el proporcionarle los estímulos necesarios para que
se sienta vivo y amado.
Forma parte, pues, de la función de los padres, la
capacidad de contener y procesar las enormes
cantidades de angustia y ansiedades que se generan
en el bebé en esta época y devolvérselas después
metabolizadas y transformadas en forma de cuidados
materiales y afectivos: alimento, limpieza,
caricias, abrazos, arrullos, palabras cariñosas,
consuelo, canciones, silencios etc. en resumen,
devolverle al bebé la calma y seguridad que tan
frecuentemente pierde ayudándole a reestablecer su
precario equilibrio y sus ritmos vitales.
No obstante, a lo largo de las distintas etapas de
su desarrollo, es del todo natural que en el vínculo
con los padres ocurran desencuentros, malos
entendidos, falta de empatía, carencias puntuales
etc. Todo ello produce pequeños traumatismos,
heridas, que si cicatrizan bien, sirven para
fortalecer sus defensas y lo preparan para la vida
ayudándole a distinguir, muy poco a poco, los
límites propios y los de la realidad. Todas estas
vicisitudes, positivas y negativas, se van fijando,
grabando en su memoria consciente e inconsciente y
le irán permitiendo aprender de la experiencia.
Pero cuando los traumatismos, las heridas, son muy
tempranas (lo traumático puede producirse también en
el curso de la vida intrauterina por medio de la
interacción química entre la madre y el feto), muy
frecuentes o muy intensas, la frágil coraza
antiestímulos con la que nace el bebé puede quedar
atravesada y dañada o incluso arrasada. Las heridas
psíquicas, entonces, ya no pueden cicatrizar bien y
se produce una especie de hemorragia interna, un
dolor que no cesa, que puede dejar sin energía
psíquica al bebé y manifestarse como en un peligroso
estado de apatía o desvitalización.
De por sí, las cantidades de ansiedad que se generan
en el bebé son muy grandes y manifiestan en forma de
terrores transitorios (terrores sin nombre ya que
aún carece de palabras para nombrar lo que siente y
le sucede) obligándole a recurrir a todos los
mecanismos de defensa a su alcance para poder
sobrevivir, pero si a esto, se le añaden situaciones
traumáticas importantes, las defensas en vez de ser
protegerle se convierten en patógenas (desconexión
afectiva, negación de la realidad, introyección
somática etc.). Tanto lo traumático como las
defensas utilizadas quedan fijadas en la memoria
inconsciente y posteriormente, el individuo tenderá
a recurrir a ellas por inercia, incluso aunque ya no
exista ninguna amenaza desde la realidad y sea
innecesario su uso, tal como lo expresa el conocido
refrán: “gato escaldado…del agua fría huye”, lo cual
dificultará su desarrollo en las distintas etapas de
la vida, su relación consigo mismo y con el mundo.
En síntesis, dependiendo de la intensidad, de la
frecuencia y de los distintos momentos evolutivos en
que se hayan producido las heridas, resultarán los
distintos tipos de patologías, desde las más leves a
las más graves. No obstante, a no ser que lo
traumático sea de tal calibre que haga sucumbir al
individuo (ej muerte súbita en el bebé, autismo,
anorexia infantil, desorganización somática grave
etc.) el instinto de autoconservación es muy fuerte
y prevalece, y ser humano suele sobrevivir a casi
todos los avatares.
Cuando las cosas han ido relativamente bien, el ser
humano logra alcanzar una posición en el mundo que
le hace sentir que es alguien, es el llamado
“sentimiento de sí”, el sujeto se siente
protagonista de su existencia y percibe que su vida
tiene un sentido. Esto no quiere decir que lograda
esa posición ya está todo hecho, ni mucho menos. El
ser humano siempre está en conflicto consigo mismo y
con la realidad desde que nace hasta que muere. El
“yo” tiene que estar haciendo siempre constantes
transacciones para resolver los conflictos entre sus
impulsos y deseos por una parte, la realidad y sus
límites por otra, y una compleja instancia a la que
llamamos “superyó” o instancia paterna que se rige
por imperativos categóricos y que está formada por
los ideales y valores heredados de los padres, desde
donde se desarrolla el respeto a la ley, el sentido
del deber y la capacidad de autocrítica.
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